Los favoritismos se producen porque alguien no sigue las reglas, porque no se cumplen las normas que regulan una determinada actividad. Este asunto, aunque no lo parezca, es en cierto modo una continuidad del artículo anterior, el DameAire4 “¿El fin justifica los medios, o no?”, donde ponía de manifiesto lo delicado que puede ser no actuar en el trabajo, en la vida, bajo criterios objetivos. Cuando actuamos con favoritismos hacia alguien, de un modo u otro estamos extralimitándonos en la relación natural que, por la actividad de que se trate, deberíamos darle, y esta actitud, carente de rigor y criterios objetivos, termina perjudicando a terceros, pero, sobre todo, al sistema, esto es, al marco de convivencia en el que nos movemos.
Algunas formas de favoritismo están perfectamente tipificadas, son denunciables, perseguibles. Pongamos por caso un suceso que oí en un medio: resulta que para evitarle a un importante deportista recién llegado a nuestro país el acoso de los medios, éste, con su coche, había sido escoltado por agentes de policía a altísimas velocidades desde el aeropuerto en dirección a Madrid. Hay otros casos que son más difíciles de descubrir, como el del empleado al que se le presenta su jefe y le pide que “intente” sacar lo antes posible la instancia X, presentada por el fulano Y, que resulta ser sobrino de un amigo íntimo de su hermano,… al fin y al cabo, qué más da rodar unos puestos la instancia. Pues bien, en ambos casos, sean estos hechos perseguibles o no, sea cual sea la importancia del asunto en sí, la gravedad de estas relaciones radica en las inercias que genera, tanto en el emisor como en el receptor. El jefe no debería pedir ese trato, la obligación del empleado es resolver su trabajo en tiempo y forma adecuados, el agente debería poder denunciar la orden que le obliga a realizar un servicio que se sale de sus competencias y que, además y sobre todo implica cometer una ilegalidad, poniendo en peligro, como en el ejemplo, a terceros.
Lo cierto es que a veces se trata de pequeños hechos, de detalles: quitar una multa justa, por ser la infractora la hija de…, una instancia presentada fuera de plazo, pero admitida por…, en fin, tantos y tantos casos de detalles cotidianos que todos conocemos. La gravedad, como digo, no está en la magnitud del hecho, sino en la actitud, en la perdida de referencias objetivas donde apoyar nuestra actividad. El sistema y sus protagonistas nos vamos viciando silenciosamente, por acción u omisión, y la reacción es en cadena, porque podemos tener la sensación de que todo da igual, y no es así. Lo que hacemos tiene consecuencias, porque el retraso en una acción, o la resolución de un expediente, por nombrar un caso ya citado, puede derivar en perjuicios que siquiera podemos calcular y que, quizás nunca conozcamos.
Cuanto más fuerte y seguro te sientas en tu actividad, más difícil es que caigas en el favoritismo o te empujen a ello. La inseguridad laboral es de hecho en ocasiones un arma utilizada por el empresario, por el jefe para utilizar y manipular a sus empleados según convenga. ¿Cuántos compañeros de trabajo conoces y reconoces como auténticos ineptos, que son mantenidos en sus puestos por el simple hecho de que bailan al son del jefe? Estos son los que no dudan en cambiar el orden de las instancias, y sus superiores están contentísimos, porque les permite realizar favores y quedar bien en ese marco de relaciones fundamentadas en lo que tienes, en el número de ceros de la cuenta, en lo que me interesa que me debas un favor… Estas dinámicas son las que convierten a un país en una “República Bananera”. Las mafias se mueven muy bien en estos marcos y pagan muy bien los favores.
Si nos tratáramos con independencia del poder adquisitivo o del nivel de influencia que podamos tener, y atendiéramos a la objetiva y regulada relación profesional, comercial, etc. entre personas, seguro que sería menos importante ser rico o conocer a gente influyente. Sin embargo, esto, por desgracia, no es así. Quien tiene poder es tratado allá donde vaya en relación al mismo. Da la impresión de que todos se vuelcan en hacerle la vida más fácil al que ya la tiene bastante encausada, y que esperan de sus acciones de favor recibir a cambio las migaja que el poderoso, como agradecimiento, tenga a bien dejar caer. Sin embargo, en esas relaciones que se establecen debería bastar ser diligente, correcto en las formas y en los tiempos, actuar con profesionalidad y sentirse orgulloso de esa excelencia. Yo creo que no es necesario ir más allá.
Este ir contracorriente, no ceder a las presiones y actuar en consecuencia a las obligaciones y principios, es a veces muy complicado, pero necesario si queremos vivir en una sociedad más justa y humana. Aunque parezca una forma cuadriculada, fría, y casi automatizada de hacer las cosas, no es así, pues tratamos a las personas en función de lo que nos piden, y no de quién son o lo que tienen, y ellos, a su vez, harán lo mismo con nosotros.
Como bien dices tu parece “una forma cuadriculada, fría y casi automatiada” casi se puede decir que mecanica, llegará un momento que podría ser una maquina quien nos de estos servicios y creo que entonces será peor.
La situación contraria, además tan perjudicial o más, es el “antifavoritismo”, a veces por causas triviales y a veces por temas muy graves.
Racismo, pertenecer a un partido politico determinado, ser familiar de…. , “en la escuela me caia mal…”, ” es el novio de mi exnovia…. ” y muchisimas otras “excusas” pueden hacer que se retrase, traspapale, o se deniegue cualquier tramite.
Tanto uno como otro favoritismo como antifavoritismo tienen una raiz comun que seguro que pasa por el respeto a los demas y por la educación igualitaria en todos los sentidos.
Eso de